El día que aprendimos a montar en bicicleta

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Ayer, domingo, 28 de abril, a eso de las seis de la tarde, mi hija Aitana mantuvo el equilibrio encima de una bicicleta por primera vez en su vida. Lo ha conseguido con siete años. No se puede decir que sea una edad temprana, aunque yo, por ejemplo, no lo logré hasta bien entrado en los ocho, así que ya puede presumir de que en eso, como en muchas otras cosas, me saca bastante ventaja.

Llevábamos un montón de tiempo intentando quitarle los ruedines traseros de la bicicleta y no había forma de convencerla; una bici rosa que le compramos cuando tenía cuatro o cinco años, y que ahora resulta un poco anacrónica, principalmente porque le queda bastante pequeña. La excusa era siempre la misma. Aitana aseguraba que, a diferencia de los demás críos, ella era incapaz de dar dos pedaladas sin caerse. Lo que en su discurso, imperfecto y adorable (lo siento, estamos hablando de mi hija. No puedo ser objetivo), la erigía como una auténtica desequililbrada (físicamente hablando, por supuesto) no era otra cosa que miedo. El mismo miedo que todo el mundo experimenta ante la incertidumbre entre mantener la verticalidad o caer. Salir indemne o sufrir dolor. Ganar o perder, en definitiva.

Sin embargo, ayer, Aitana ganó. Y ganó simplemente porque hizo algo muy sencillo y, en ocasiones, muy complicado a la vez. Ayer, mi hija tomó una decisión. La decisión de perderle el miedo a sus propios prejuicios y hacer lo que quizá en otras ocasiones no hubiera hecho: empujar el pedal con un pie para luego repetir la misma operación con el otro. Tragar saliva y arrojarse a su abismo particular no fue más que el pequeño precio que tuvo que pagar para que las cosas cambiasen. ¡Y vaya si cambiaron! No lo he hablado con ella en estos términos exactamente, pero estoy seguro de que hoy Aitana es más feliz.

Luego está lo que ocurrió después con las elecciones, pero eso es otra historia diferente. O quizá no tanto.

Castigo de Dios

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– “Los primeros en morir deberían ser los descreídos. Esos que han presumido tanto de ser ateos. Esos”, exclamó lleno de ira.

– “¿Por qué piensa eso, padre?”, preguntó ella.

– “Pues por pura justicia poética”, contestó. “Quisiera verles ahora, rezando como beatas para que el meteorito no vuele por los aires el planeta. A buenas horas rezáis. ¡Vosotros seréis los primeros en arder!”

– “Pero, padre, ¿todavía cree usted que esto es un castigo de Dios?”

Padre e hija, sentados en el mirador, esperando el inminente estallido, quedaron en silencio un instante. Luego, ella volvió a hablar.

– “Padre, ¿usted no tiene miedo?”

– “Mucho, hija”. Y rompió a llorar justo antes de que todo se llenara de luz.

El instante

Vivo en un país en el que en los bares se discute, orujito en mano, si es económicamente viable acoger a 629 personas abandonadas a su suerte en el Mediterráneo, porque, además, defender la acogida no es más que un acto de postureo, de solidaridad coolNos consta, decía hoy una pulcra abogada en una emisora de radio, que las mafias de la trata de blancas ya están esperando a algunas de las pasajeras en Europa. El mensaje era urgente: que no entren, que se nos va a llenar esto de putas. Y encima, negras.

Es el mismo país que condena a penas de cárcel a artistas por el simple hecho de expresar sus opiniones. El mismo que ha permitido que un partido político podrido de codicia haya estado sacando la lengua a la gente, mientras les estafaba delante de sus caras. Un país con un sistema judicial capaz de dejar en la calle a cinco violadores porque, después de todo, la gente ya les tiene fichado el careto y es muy difícil que se les vuelva a escapar la chorrilla. A los muy traviesos.

Es el país de la televisión pública propagandística; el que mantiene reyes, infantas, príncipes, princesas y demás parentela con dinero público y sueldos… pues eso, de reyes; el que rescata bancos y autopistas privadas mientras desahucia gente de sus casas. Gente sin casas, casas sin gente. El país de Franco, cuarenta años después de Franco.

Sin embargo, hoy, en mi país, en mi ciudad, he sido testigo en primera persona de esto:

Ellos son Johann y Adrián. Dos chavales con discapacidad intelectual que forman parte de un coro gestionado por la Joven Orquesta de la Comunidad de Madrid, el Coro Abierto, interpretando “Hallelujah”, de Leonard Cohen. Están ensayando para un concierto que ofrecerán la semana que viene, junto con otros diez coros de gente sin discapacidad ninguna y con una orquesta de setenta músicos, donde toda la recaudación irá a parar a tratamientos de Atención Temprana para críos de entre 0 y 6 años, también con discapacidad intelectual y, además, de familias con pocos recursos económicos.

No es que el concierto sea lo de menos, pero yo me quedo con el instante, plasmado en un vídeo de mala calidad grabado con un teléfono móvil. Tres minutos para mirar con los ojos abiertos, mezcla de sorpresa, incredulidad y esperanza de que en este país, en el que en tantas ocasiones ocurren cosas asquerosas, también se puedan producir momentos deliciosos.

Madrid

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De mi madre he aprendido que los Austrias, La Latina o Sol tienen un extraño magnetismo costumbrista por la mañana temprano, y que merece la pena zambullirse en él caminando y sin prisa. Paloma se llama, más castizas no las hacen. Mi padre me inyectó de pequeño el virus de la emoción el día que me contó que, cuando era niño, perdió una bota en el río Manzanares, sentado en el puente que separa la ermita de San Antonio de la Florida de la plaza de San Pol. Todavía hoy, si paso por la zona, fantaseo con ver emerger el zapato, como si fuera un viajero del tiempo navegando entre dos siglos.

Hasta que empecé a ir al colegio, mi abuela me llevaba todas las semanas a la plaza de España, y me hacía fotos delante de la estatua de Don Quijote. Todas iguales, todas en blanco y negro, y en todas, yo levantando una mano. Después, me llevaba a comprar la lotería a la Gran Vía, y aunque no recuerdo gran cosa, más que nada porque no tendría más de tres años, hoy creo que aquel era uno de los momentos más dulces de mi, por aquel entonces, corta vida. Mi otra abuela me regalaba historias de los barrios menos glamurosos; me contaba, por ejemplo, cómo, en los años cincuenta, el mero hecho de no saludar a una pareja de la Guardia Civil desde la otra punta de un descampado de Orcasitas, te podía convertir en merecedor de una señora hostia. Por maleducado, debía de ser.

Luego yo he ido creciendo, y conmigo ha crecido el germen de todo ese decorado ideal pintado en mi imaginación a base de historias y vivencias contempladas desde la mirada de un crío. Mis pasos me han llevado con el tiempo a deambular de noche por Malasaña o Lavapiés, y a dormir de día sobre la hierba de El Retiro. Mi corazón ha querido quedarse en Aluche, pero a veces me pica el gusanillo de la infidelidad, y entonces me voy a Callao a respirar polución, neones y claxon, que es lo que me pone. Corro por la Casa de Campo, trabajo en el Barrio de Salamanca y tengo que reconocer que cuando era más joven, mucho más joven, uno de mis principales placeres consistía en sentarme en la Plaza de Oriente a fumarme un cigarro o algo peor y contar el número exacto de ventanas que tenía el Palacio Real.

Con todo esto quiero decir que adoro Madrid, con frío y con calor; cuando nada ocurre o en la época de verbeneo y despendole, como es el caso. Sin más pretensiones. Sin nada más que contar. Que me habrá poseído San Isidro, qué sé yo…

De puntillas

Deberías ver las rozaduras de mis talones después de tanto tiempo caminando de puntillas. Sí, ya sé que es ridículo, pero la vida no está hecha para ser un hombre y medir menos de un metro treinta. Créeme, es complicado caminar por la calle con la cabeza a la altura de la polla de los otros tíos, y pretender que tu amor propio permanezca intacto. Me he pasado la vida andando de puntillas, como si eso me alargase, o mejor aún, me convirtiese en invisible, pero hoy he decidido que ya está bien, que se acabó porque, de seguir haciéndolo, nunca podría haberte citado aquí para preguntarte, con los pies bien anclados al suelo, si quieres casarte conmigo.

Lo prometo

953e555bb5453d3639d52ca20c83d657Hoy quiero hacerme una promesa. Firmar un compromiso conmigo mismo sin que tenga que haber tinta de por medio. Por necesidad. Por urgencia. Porque hoy se me han revuelto las tripas, y no podría irme a la cama tranquilo sin hacerlo. Así que allá va.

Prometo, en primer lugar, seguir educando a mis hijas para que sean libres y felices, aplicándome con todas mis fuerzas para que, además, sean fuertes, valientes y dueñas de sus cuerpos y de los pasos que quieran dar, sea cual sea la dirección en la que lo hagan. Prometo ayudarlas con todas las herramientas de que disponga, siempre que lo necesiten, y prometo igualmente trabajar duro para que no lo necesiten; para que ningún hombre, ni siquiera su padre, tenga que ser quien les allane el camino.

Prometo abrir bien los ojos, tensar los músculos, estar alerta y alzar la voz ante las injusticias que puedan brotar a mi alrededor contra las mujeres. Prometo volver a salir a la calle tantas veces como sea necesario, precisamente porque nunca antes lo había hecho. Hasta hoy.

Prometo no volver a justificar con mi silencio comentarios de mierda. No quiero compartir ni una vez más el vómito tribal que despierta una falda corta, unas piernas largas o unas tetas bajo la camisa. Soy consciente de que ese también he sido yo, las suficientes veces como para que hoy, precisamente hoy, me avergüence de ello. Por eso, me prometo no volver a hacerlo más. Nunca más.

Prometo huir de la tibieza humana que siempre empaña la imagen femenina en favor de la masculina. Que de mis labios no salga jamás un argumento que justifique la más mínima situación generada sencillamente porque “ella lo había provocado”.

Esta noche me prometo firmemente a mí mismo hacer todo cuanto esté en mi mano para cambiar el mundo que me rodea, sucio e injusto, del que he sido un actor activo hasta el día de hoy, fruto de la cultura patriarcal forjada a golpe de vergüenza, culpa y valores tradicionales posados en el plato de una balanza que siempre se ha inclinado hacia mi lado. Hacia el lado masculino. Por mí. Por ellas. Lo prometo.

Derecho a amar

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Nos echaban a la calle a patadas. Eso, en el mejor de los casos, porque muchas, la mayoría, sencillamente moríamos estampadas contra el suelo, aplastadas con saña por la suela de un zapato. Pero lo verdaderamente injusto no era el desprecio por nuestras vidas; lo que de verdad dolía era que jamás llegasen a comprender que cada vez que acariciábamos sus mejillas, sus párpados o sus labios con nuestras patas mientras dormían, lo hacíamos con un sentimiento de ternura que ellos, los humanos, jamás hubiesen sido capaces siquiera de imaginar. “¡Cucarachas!”, exclamaban con repugnancia. Como si nosotras no tuviésemos también derecho a amar.