El instante

Vivo en un país en el que en los bares se discute, orujito en mano, si es económicamente viable acoger a 629 personas abandonadas a su suerte en el Mediterráneo, porque, además, defender la acogida no es más que un acto de postureo, de solidaridad coolNos consta, decía hoy una pulcra abogada en una emisora de radio, que las mafias de la trata de blancas ya están esperando a algunas de las pasajeras en Europa. El mensaje era urgente: que no entren, que se nos va a llenar esto de putas. Y encima, negras.

Es el mismo país que condena a penas de cárcel a artistas por el simple hecho de expresar sus opiniones. El mismo que ha permitido que un partido político podrido de codicia haya estado sacando la lengua a la gente, mientras les estafaba delante de sus caras. Un país con un sistema judicial capaz de dejar en la calle a cinco violadores porque, después de todo, la gente ya les tiene fichado el careto y es muy difícil que se les vuelva a escapar la chorrilla. A los muy traviesos.

Es el país de la televisión pública propagandística; el que mantiene reyes, infantas, príncipes, princesas y demás parentela con dinero público y sueldos… pues eso, de reyes; el que rescata bancos y autopistas privadas mientras desahucia gente de sus casas. Gente sin casas, casas sin gente. El país de Franco, cuarenta años después de Franco.

Sin embargo, hoy, en mi país, en mi ciudad, he sido testigo en primera persona de esto:

Ellos son Johann y Adrián. Dos chavales con discapacidad intelectual que forman parte de un coro gestionado por la Joven Orquesta de la Comunidad de Madrid, el Coro Abierto, interpretando “Hallelujah”, de Leonard Cohen. Están ensayando para un concierto que ofrecerán la semana que viene, junto con otros diez coros de gente sin discapacidad ninguna y con una orquesta de setenta músicos, donde toda la recaudación irá a parar a tratamientos de Atención Temprana para críos de entre 0 y 6 años, también con discapacidad intelectual y, además, de familias con pocos recursos económicos.

No es que el concierto sea lo de menos, pero yo me quedo con el instante, plasmado en un vídeo de mala calidad grabado con un teléfono móvil. Tres minutos para mirar con los ojos abiertos, mezcla de sorpresa, incredulidad y esperanza de que en este país, en el que en tantas ocasiones ocurren cosas asquerosas, también se puedan producir momentos deliciosos.

Madrid

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De mi madre he aprendido que los Austrias, La Latina o Sol tienen un extraño magnetismo costumbrista por la mañana temprano, y que merece la pena zambullirse en él caminando y sin prisa. Paloma se llama, más castizas no las hacen. Mi padre me inyectó de pequeño el virus de la emoción el día que me contó que, cuando era niño, perdió una bota en el río Manzanares, sentado en el puente que separa la ermita de San Antonio de la Florida de la plaza de San Pol. Todavía hoy, si paso por la zona, fantaseo con ver emerger el zapato, como si fuera un viajero del tiempo navegando entre dos siglos.

Hasta que empecé a ir al colegio, mi abuela me llevaba todas las semanas a la plaza de España, y me hacía fotos delante de la estatua de Don Quijote. Todas iguales, todas en blanco y negro, y en todas, yo levantando una mano. Después, me llevaba a comprar la lotería a la Gran Vía, y aunque no recuerdo gran cosa, más que nada porque no tendría más de tres años, hoy creo que aquel era uno de los momentos más dulces de mi, por aquel entonces, corta vida. Mi otra abuela me regalaba historias de los barrios menos glamurosos; me contaba, por ejemplo, cómo, en los años cincuenta, el mero hecho de no saludar a una pareja de la Guardia Civil desde la otra punta de un descampado de Orcasitas, te podía convertir en merecedor de una señora hostia. Por maleducado, debía de ser.

Luego yo he ido creciendo, y conmigo ha crecido el germen de todo ese decorado ideal pintado en mi imaginación a base de historias y vivencias contempladas desde la mirada de un crío. Mis pasos me han llevado con el tiempo a deambular de noche por Malasaña o Lavapiés, y a dormir de día sobre la hierba de El Retiro. Mi corazón ha querido quedarse en Aluche, pero a veces me pica el gusanillo de la infidelidad, y entonces me voy a Callao a respirar polución, neones y claxon, que es lo que me pone. Corro por la Casa de Campo, trabajo en el Barrio de Salamanca y tengo que reconocer que cuando era más joven, mucho más joven, uno de mis principales placeres consistía en sentarme en la Plaza de Oriente a fumarme un cigarro o algo peor y contar el número exacto de ventanas que tenía el Palacio Real.

Con todo esto quiero decir que adoro Madrid, con frío y con calor; cuando nada ocurre o en la época de verbeneo y despendole, como es el caso. Sin más pretensiones. Sin nada más que contar. Que me habrá poseído San Isidro, qué sé yo…

De puntillas

Deberías ver las rozaduras de mis talones después de tanto tiempo caminando de puntillas. Sí, ya sé que es ridículo, pero la vida no está hecha para ser un hombre y medir menos de un metro treinta. Créeme, es complicado caminar por la calle con la cabeza a la altura de la polla de los otros tíos, y pretender que tu amor propio permanezca intacto. Me he pasado la vida andando de puntillas, como si eso me alargase, o mejor aún, me convirtiese en invisible, pero hoy he decidido que ya está bien, que se acabó porque, de seguir haciéndolo, nunca podría haberte citado aquí para preguntarte, con los pies bien anclados al suelo, si quieres casarte conmigo.

Lo prometo

953e555bb5453d3639d52ca20c83d657Hoy quiero hacerme una promesa. Firmar un compromiso conmigo mismo sin que tenga que haber tinta de por medio. Por necesidad. Por urgencia. Porque hoy se me han revuelto las tripas, y no podría irme a la cama tranquilo sin hacerlo. Así que allá va.

Prometo, en primer lugar, seguir educando a mis hijas para que sean libres y felices, aplicándome con todas mis fuerzas para que, además, sean fuertes, valientes y dueñas de sus cuerpos y de los pasos que quieran dar, sea cual sea la dirección en la que lo hagan. Prometo ayudarlas con todas las herramientas de que disponga, siempre que lo necesiten, y prometo igualmente trabajar duro para que no lo necesiten; para que ningún hombre, ni siquiera su padre, tenga que ser quien les allane el camino.

Prometo abrir bien los ojos, tensar los músculos, estar alerta y alzar la voz ante las injusticias que puedan brotar a mi alrededor contra las mujeres. Prometo volver a salir a la calle tantas veces como sea necesario, precisamente porque nunca antes lo había hecho. Hasta hoy.

Prometo no volver a justificar con mi silencio comentarios de mierda. No quiero compartir ni una vez más el vómito tribal que despierta una falda corta, unas piernas largas o unas tetas bajo la camisa. Soy consciente de que ese también he sido yo, las suficientes veces como para que hoy, precisamente hoy, me avergüence de ello. Por eso, me prometo no volver a hacerlo más. Nunca más.

Prometo huir de la tibieza humana que siempre empaña la imagen femenina en favor de la masculina. Que de mis labios no salga jamás un argumento que justifique la más mínima situación generada sencillamente porque “ella lo había provocado”.

Esta noche me prometo firmemente a mí mismo hacer todo cuanto esté en mi mano para cambiar el mundo que me rodea, sucio e injusto, del que he sido un actor activo hasta el día de hoy, fruto de la cultura patriarcal forjada a golpe de vergüenza, culpa y valores tradicionales posados en el plato de una balanza que siempre se ha inclinado hacia mi lado. Hacia el lado masculino. Por mí. Por ellas. Lo prometo.

Derecho a amar

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Nos echaban a la calle a patadas. Eso, en el mejor de los casos, porque muchas, la mayoría, sencillamente moríamos estampadas contra el suelo, aplastadas con saña por la suela de un zapato. Pero lo verdaderamente injusto no era el desprecio por nuestras vidas; lo que de verdad dolía era que jamás llegasen a comprender que cada vez que acariciábamos sus mejillas, sus párpados o sus labios con nuestras patas mientras dormían, lo hacíamos con un sentimiento de ternura que ellos, los humanos, jamás hubiesen sido capaces siquiera de imaginar. “¡Cucarachas!”, exclamaban con repugnancia. Como si nosotras no tuviésemos también derecho a amar.

Tenía que empezar por algún sitio, así que empiezo por aquí

243df6852f5bff0665b75768ab636069El día que tuve claro que lo que más me gustaba hacer en el mundo era escribir, me vine muy arriba. Pronto quise leer las instrucciones y aprender todas las reglas para empezar a contar historias a través de la letra impresa. Y rápido creí que lo estaba haciendo bien, como el maldito ingenuo que era. Recuerdo que, por aquéllas, hace ya casi veinte añitos, escribí un protocuento acerca de un perro que, después de probar las sobras de la comida macrobiótica de su dueña, se humanizaba repentinamente, y poco menos que empezaba a tirarle los trastos a la mano que le daba de comer. Ahí, con dos cojones.

A lo que voy es a que, desde que escribo cosas con una frecuencia más o menos periódica, ya sean relatos, posts en algún blog, artículos, reportajes o lo que surja, he tenido tiempo para dedicarle unas frasecitas a casi todo. Pero no a todo; hay dos personas con las que no he sido capaz de juntar más de cuatro letras con cierto sentido. Y creo que se lo debo. No lo creo, estoy seguro de ello.

Las dos personas a las que nunca he escrito son egoístas y, en ocasiones, hasta un poco tiranas. Capaces de despertarte en mitad de la noche únicamente para que les des un vaso de agua, y de nuevo dormirse sin importarles lo más mínimo lo que te va a costar volver a pegar ojo antes de que suene el despertador. Pueden ser caprichosas y volubles, hasta el punto de negarse a comer la cena que has preparado durante más de una hora, simplemente porque el pollo tiene espinas o las judías verdes están demasiado calientes. Hablan a gritos cuando más te duele la cabeza, y galopan justo en el momento en el que lo único que pide tu cuerpo es calma. A veces huelen mal. A veces te hablan mal. A veces (no, muchas veces) lloran y hacen que te sientas mal. Muy mal. Tan mal que, otras veces, cuando agarran tu mano antes de cruzar la calle, la situación se revierte y te sientes alguien muy afortunado. Porque también a veces te conceden el don de quedarse dormidas a tu lado, regalándote un aroma a sudor de caramelo que se instala en el lugar de tu cerebro donde se aloja lo que te hace vibrar, y nunca más lo abandona. O se ríen a carcajadas, de ti o contigo, qué más da, porque a tus oídos suena como si un coro de sirenas inspiradas te estuviese susurrando tu canción favorita. O te besan. O, como esta mañana, te entregan un dibujo lleno de garabatos de colores y una foto, y escriben Papá, te queremos un millón.

Aitana, Emma, me encantaría poder dedicaros el verso más hermoso, el cuento más dulce o la novela más apasionada que, aunque fuera por un instante, me ayudase a haceros entender lo que significáis para mí. Pero, como decía Jarvis Cocker, Tenía que empezar por algún sitio, así que empiezo por aquí. Gracias por permitirme quereros de la forma en que lo hago, torpe y embarullado la mayoría de las veces, pero sin dejar de hacerlo en cada minuto y a cada latido. Os prometo que me aplicaré para seguir haciéndolo cada día un poquito mejor.

Feliz Día del Padre, chicas.

Banderas

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Apenas quedan horas para las elecciones en Cataluña; ya sabes, el 21-D, esa combinación casi mística de número y letra que seguro (ya verás como sí, ya verás) que terminará por disipar el lío que tienen montado de Vielha a Sant Carles de la Ràpita. El caso es que ante la inmediatez de la mágica fecha, uno viene contemplando cómo los balcones y ventanas de Madrid han reforzado aún más, si cabe, su estética rojigualda mediante la exhibición de (todavía) más banderas españolas, unionistas, como Dios manda. El escaparate patriótico es evidente, por ejemplo, en el Barrio de Salamanca, donde la tradición arribaspañista no deja lugar a la duda. Pero no lo es menos en el Aluche de mis entretelas, y ahí está lo que a mí me preocupa.

Mi vecino Antonio, sin ir más lejos, es un señor muy calladito. De vez en cuando te cruzas con él en el ascensor o le ves entrar en el garaje, y a lo mejor te saluda, pero de una forma así como flojita y color gris plomo. Un rollo de persona, vaya. Y sin embargo, el tío ha dejado salir el Cid Campeador que llevaba dentro colgando hacia afuera del ventanal de su salón una enseña nacional lustrosa, enorme. La gente de Aluche tiene mucha retranca, así que algunos hemos empezado a llamarle Antonio “Banderas”. Creo sinceramente que Antonio “Banderas” es un exponente perfecto de cómo una buena parte de Madrid (y supongo que también del resto del estado Español) está encarando el follón catalán. A saber.

La gente como Antonio “Banderas” es aquella que lleva tiempo calentando en la banda, esperando la oportunidad de sentirse importante a través de la pertenencia a un grupo. Los hay de los más diversos pelajes: discretitos o exaltados, justicieros o gregarios. Seguro que hay quien piensa que algo parecido ocurrió con el 15-M, sin embargo existe una diferencia crucial. En 2011 se trataba de pegarle fuego al curso de los acontecimientos con el aburrimiento, la mala hostia y el hartazgo como gasolina. Ahora sencillamente se trata de asomar la chorra por la ventana a ver quién la tiene más larga, si los de la estelada o la gente de bien. Puro exhibicionismo a dos bandas.

No tengo ni idea de qué será lo que ocurra después de que los catalanes voten, pero anda que no estaría feo que la polarización acabase extendiéndose por todo el país, y al final todo se redujese a dos bandos, los que tienen la telita colgando de la ventana frente a los que no, ¿verdad? De lo que sí estoy seguro es de que Antonio “Banderas” y quienes, como él, han nacido para salvar la patria, se lo iban a pasar como enanos. Como si esto fuera Hollywood.