Derecho a amar

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Nos echaban a la calle a patadas. Eso, en el mejor de los casos, porque muchas, la mayoría, sencillamente moríamos estampadas contra el suelo, aplastadas con saña por la suela de un zapato. Pero lo verdaderamente injusto no era el desprecio por nuestras vidas; lo que de verdad dolía era que jamás llegasen a comprender que cada vez que acariciábamos sus mejillas, sus párpados o sus labios con nuestras patas mientras dormían, lo hacíamos con un sentimiento de ternura que ellos, los humanos, jamás hubiesen sido capaces siquiera de imaginar. “¡Cucarachas!”, exclamaban con repugnancia. Como si nosotras no tuviésemos también derecho a amar.

Tenía que empezar por algún sitio, así que empiezo por aquí

243df6852f5bff0665b75768ab636069El día que tuve claro que lo que más me gustaba hacer en el mundo era escribir, me vine muy arriba. Pronto quise leer las instrucciones y aprender todas las reglas para empezar a contar historias a través de la letra impresa. Y rápido creí que lo estaba haciendo bien, como el maldito ingenuo que era. Recuerdo que, por aquéllas, hace ya casi veinte añitos, escribí un protocuento acerca de un perro que, después de probar las sobras de la comida macrobiótica de su dueña, se humanizaba repentinamente, y poco menos que empezaba a tirarle los trastos a la mano que le daba de comer. Ahí, con dos cojones.

A lo que voy es a que, desde que escribo cosas con una frecuencia más o menos periódica, ya sean relatos, posts en algún blog, artículos, reportajes o lo que surja, he tenido tiempo para dedicarle unas frasecitas a casi todo. Pero no a todo; hay dos personas con las que no he sido capaz de juntar más de cuatro letras con cierto sentido. Y creo que se lo debo. No lo creo, estoy seguro de ello.

Las dos personas a las que nunca he escrito son egoístas y, en ocasiones, hasta un poco tiranas. Capaces de despertarte en mitad de la noche únicamente para que les des un vaso de agua, y de nuevo dormirse sin importarles lo más mínimo lo que te va a costar volver a pegar ojo antes de que suene el despertador. Pueden ser caprichosas y volubles, hasta el punto de negarse a comer la cena que has preparado durante más de una hora, simplemente porque el pollo tiene espinas o las judías verdes están demasiado calientes. Hablan a gritos cuando más te duele la cabeza, y galopan justo en el momento en el que lo único que pide tu cuerpo es calma. A veces huelen mal. A veces te hablan mal. A veces (no, muchas veces) lloran y hacen que te sientas mal. Muy mal. Tan mal que, otras veces, cuando agarran tu mano antes de cruzar la calle, la situación se revierte y te sientes alguien muy afortunado. Porque también a veces te conceden el don de quedarse dormidas a tu lado, regalándote un aroma a sudor de caramelo que se instala en el lugar de tu cerebro donde se aloja lo que te hace vibrar, y nunca más lo abandona. O se ríen a carcajadas, de ti o contigo, qué más da, porque a tus oídos suena como si un coro de sirenas inspiradas te estuviese susurrando tu canción favorita. O te besan. O, como esta mañana, te entregan un dibujo lleno de garabatos de colores y una foto, y escriben Papá, te queremos un millón.

Aitana, Emma, me encantaría poder dedicaros el verso más hermoso, el cuento más dulce o la novela más apasionada que, aunque fuera por un instante, me ayudase a haceros entender lo que significáis para mí. Pero, como decía Jarvis Cocker, Tenía que empezar por algún sitio, así que empiezo por aquí. Gracias por permitirme quereros de la forma en que lo hago, torpe y embarullado la mayoría de las veces, pero sin dejar de hacerlo en cada minuto y a cada latido. Os prometo que me aplicaré para seguir haciéndolo cada día un poquito mejor.

Feliz Día del Padre, chicas.

Banderas

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Apenas quedan horas para las elecciones en Cataluña; ya sabes, el 21-D, esa combinación casi mística de número y letra que seguro (ya verás como sí, ya verás) que terminará por disipar el lío que tienen montado de Vielha a Sant Carles de la Ràpita. El caso es que ante la inmediatez de la mágica fecha, uno viene contemplando cómo los balcones y ventanas de Madrid han reforzado aún más, si cabe, su estética rojigualda mediante la exhibición de (todavía) más banderas españolas, unionistas, como Dios manda. El escaparate patriótico es evidente, por ejemplo, en el Barrio de Salamanca, donde la tradición arribaspañista no deja lugar a la duda. Pero no lo es menos en el Aluche de mis entretelas, y ahí está lo que a mí me preocupa.

Mi vecino Antonio, sin ir más lejos, es un señor muy calladito. De vez en cuando te cruzas con él en el ascensor o le ves entrar en el garaje, y a lo mejor te saluda, pero de una forma así como flojita y color gris plomo. Un rollo de persona, vaya. Y sin embargo, el tío ha dejado salir el Cid Campeador que llevaba dentro colgando hacia afuera del ventanal de su salón una enseña nacional lustrosa, enorme. La gente de Aluche tiene mucha retranca, así que algunos hemos empezado a llamarle Antonio “Banderas”. Creo sinceramente que Antonio “Banderas” es un exponente perfecto de cómo una buena parte de Madrid (y supongo que también del resto del estado Español) está encarando el follón catalán. A saber.

La gente como Antonio “Banderas” es aquella que lleva tiempo calentando en la banda, esperando la oportunidad de sentirse importante a través de la pertenencia a un grupo. Los hay de los más diversos pelajes: discretitos o exaltados, justicieros o gregarios. Seguro que hay quien piensa que algo parecido ocurrió con el 15-M, sin embargo existe una diferencia crucial. En 2011 se trataba de pegarle fuego al curso de los acontecimientos con el aburrimiento, la mala hostia y el hartazgo como gasolina. Ahora sencillamente se trata de asomar la chorra por la ventana a ver quién la tiene más larga, si los de la estelada o la gente de bien. Puro exhibicionismo a dos bandas.

No tengo ni idea de qué será lo que ocurra después de que los catalanes voten, pero anda que no estaría feo que la polarización acabase extendiéndose por todo el país, y al final todo se redujese a dos bandos, los que tienen la telita colgando de la ventana frente a los que no, ¿verdad? De lo que sí estoy seguro es de que Antonio “Banderas” y quienes, como él, han nacido para salvar la patria, se lo iban a pasar como enanos. Como si esto fuera Hollywood.

Congratulaos, hijos de la gran Europa

Felicidades, Europa. Dejad que fluyan los licores y cubrid a las vírgenes de oropeles, porque llegó el momento de recoger el fruto. La gloria. El reconocimiento. Congratulaos, hijos de la gran Europa, porque hoy sois el espejo de la Concordia, de la armonía entre los grupos humanos. De la unión y la conformidad.

Felicidades a la Europa de los CIEs, de las vallas, los muros y las deportaciones colectivas. En tus valores humanitarios descansa nuestro orgullo de pertenencia. Enhorabuena a la Europa que bordea un Mediterráneo sembrado de cuerpos flotando, donde ONG como Proactiva Open Arms se arremangan en su nombre mientras ella descansa hinchada de instituciones inútiles.

Felicidades, Europa. Duerme la borrachera de la ultraderecha que vuelve a cabalgar por tus campos sin disfraces, pintando de terrorismo a los refugiados que todavía no has acogido. Felicidades por el espíritu gregario de muchas de tus naciones, por los miembros de primera y de segunda, por la falta de oportunidades, por la puta austeridad.

Saborea, Europa, las mieles de un premio que no mereces. Un premio que reposa sobre valores como la libertad, los derechos humanos o la solidaridad, y de los que tú no has oído hablar en los últimos 60 años.

El XVII Congreso de Fundraising en cuatro frases entre ceja y ceja

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Trabajo en el Tercer Sector. Después de haberle dado unas cuantas vueltas a la profesión (prensa, tele, gabinetes de prensa… ¡teletexto!), hace un par de años me dieron la oportunidad de encargarme de la Comunicación de una fundación de empresa que financia proyectos relacionados con temas de discapacidad. Se da la circunstancia de que parte de esa financiación proviene de otras empresas, por lo que, además de funcionar como financiera, hacemos labores de captación de fondos.

Todo este rollo viene a que ayer se clausuró el XVII Congreso de Fundraising, la cita anual que reúne durante dos días en un mismo recinto a la mayor parte de las ONG de nuestro país, sus responsables de captación, los dircom, directores de marketing y, sobre todo, fundraisers. A mí, con el Congreso, me pasa algo muy curioso, y es que lo vivo como vivía los festivales indies en los noventa; me planifico con semanas de antelación las conferencias, mesas redondas y talleres como si tocasen Muse, los Pixies y Beck en un lapso de cuatro horas. Tomo apuntes a pesar de que luego los materiales estén a disposición de los asistentes, abordo a los ponentes, tuiteo lo que más me llama la atención… Pero si algo tiene de bueno esta actitud a medio camino entre el fanatismo por el oficio y la ingenuidad es que de tanto poner la oreja con fuerza los conceptos calan. Se quedan. Y eso es lo que me va permitir resumir el congreso en cuatro frases. Cuatro hostiazos entre ceja y ceja que me han hecho revolverme en la silla unas veces, me han abierto la puerta de las ideas otras y, en todo caso, se han configurado como mi perfecto resumen de estos dos días. Ahí van.

  1. “El acto de altruismo más grande que puede hacer un ser humano no es dar su vida por una causa, sino dedicar el resto de su vida a defenderla”. Kumi Naidoo (Director Ejecutivo de The African Civil Society Initiative). Bendita perogrullada. Kumi dejó dos o tres perlitas en poco más de una hora de charla, pero a mí fue ésta la que me abrió las orejas, quizás por el contexto en el que la relacionó (parece ser que la frase era de otro activista, amigo suyo en la Sudáfrica de los setenta que, paradójicamente, se quedó por el camino a balazos). El caso es que la frase en cuestión desprende toda la verdad que cabe en sus 29 palabras, y de paso pone un poco en su sitio a demagogos, cuñaos y aspirantes a martir.
  2. “Todas las organizaciones deberían tener en plantilla a un creativo”. Lucila Rodríguez-Alarcón (Directora de la Fundación porCausa). ¡Ole tú, Lula! Qué gusto da a los que provenimos de ámbitos laborales más locuelos (en mi caso, de hacer guiones audiovisuales) que alguien con callo en el sector apueste por romper los convencionalismos buenrrollistas de lo no lucrativo, y proponga incluso comunicar desde la ironía y la carcajada apuntando hacia nosotros mismos. Querida, tienes un fan para los restos.
  3. “En los próximos diez años viviremos la mayor revolución social de los últimos cuatro siglos”. Gemma González Andrés (Directora de Konnectare Values). Debo confesar que esta frase no la escuché en directo, pero mi jefe sí. Y me la ha proyectado. Si esto es verdad, la situación se plantea más jebi que la camella de Alice Cooper. La cosa se refiere, sobre todo, a la impresión 3D de los conceptos más variopintos (desde casas que se levantan en una hora hasta órganos humanos) y a la locura de lo que llaman el Internet de las Cosas. Echa un vistazo a este vídeo, porque muy pronto tendrás este juguete en el salón de tu casa.
  4. “Tengo una mala noticia. Todos los que estamos en esta sala tenemos una enfermedad degenerativa que acabará tarde o temprano con nosotros. Esa enfermedad se llama vivir”. Ramón Arroyo (Economista, Triatleta y persona con esclerosis múltiple). Sin duda, el momento más emocionante de todo el congreso fue cuando este señor salió a escena. Habló de lo suyo apoyándose en imágenes de la película “100 Metros”, basada en su historia, y terminó su intervención con las únicas imágenes reales de toda la ponencia: las de él, su mujer y sus dos hijos cruzando la meta después de que el colega se hubiese metido entre pecho y espalda un Iron Man, que para quien no lo sepa es una prueba que combina cuatro kilómetros nadando, casi doscientos en bici y, por si acaso te quedas con hambre. un maratón con sus 42 kilómetros y pico. En su testimonio y en frases como la que aparece arriba está la clave que nos permite pensar que la mayoría de las veces que nos quejamos, lo hacemos porque somos unos completos gilipollas.

Huevos

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Y después de todo aquel tiempo aguantando las burlas y las protestas de sus compañeras de corral, esa tarde por fin, al levantarse de la cesta, lo encontró erguido sobre el pasto del ponedero. Lo contempló unos instantes, y alzó su largo cuello orgullosa mientras las demás cacareaban desde sus nidales de asombro e incredulidad. Era más que blanco, acrisolado. Su forma, perfectamente ovalada, e incluso más grande que los de las otras. Y fue así que, desde entonces, ninguna gallina del mundo volvió a decir jamás que las jirafas no pueden poner huevos.

Mujer tenías que ser

Mujeres

Cuando él se ha levantado de la cama, ella llevaba más de cuarenta minutos andando por la casa. En ese tiempo, ha preparado la ropa de las niñas. Ha puesto sobre la mesa de la cocina las galletas, una bolsa de magdalenas, y también ha sacado el cartón de leche de la nevera. Ha mirado su agenda de trabajo y ha dejado lista la bolsa donde guarda los exámenes de sus alumnos a medio corregir. Luego se ha duchado. A las siete y veinte, cuando él se ha levantado de la cama, ella ya se estaba secando el pelo.

Él se ha metido en el baño contiguo, se ha sentado en la taza y ha cerrado la puerta. Mientras, ella, sin hacer demasiado ruido para no despertar aún a las niñas, ha entrado en la habitación y se ha vestido. Se estaba abrochando la hebilla de los zapatos cuando él ha tirado de la cadena y ha entrado también en el cuarto. En voz baja, han hablado acerca de llevar el coche a pasar la revisión, y han acordado que sería ella la que lo haría, porque hoy él saldrá más tarde de trabajar. Ella ha pensado que no queda demasiada fruta, y que tal vez podría aprovechar a la vuelta para pasar a comprar, pero sobre eso no han dicho nada.

A las ocho en punto, cada uno ha entrado en la habitación de cada una de las niñas a despertarlas. Él ha cambiado el pañal a la más pequeña. Para cuando ha terminado, la mayor ya estaba vestida. La niña le ha dicho a ella algo sobre un trabajo de la Semana de la Ciencia que tiene que hacer, y ella le ha contestado que por la tarde se pondrán con ello. Parece que se le ha ocurrido una idea que a la niña le ha parecido genial. En ese momento, la pequeña ha empezado a llorar y ha echado los brazos hacia su madre. Ésta la ha cogido y la niña se ha calmado.

Los cuatro han desayunado juntos, y mientras lo hacían, ella ha repasado en voz alta todo lo que la niña mayor debería llevar en la mochila. Cuando han terminado, a eso de las ocho y media, han salido de casa. Hoy será él quien lleve a las niñas a la escuela, andando, antes de ir a la oficina, porque han decidido que sería ella la que dejase el coche en el taller. Así que él y ella se dan un beso, ella besa a las niñas, y conduce calle arriba camino de su trabajo en el instituto. Cuando llega hasta el primer semáforo, está en rojo, y ella aprovecha la pausa para visualizar mentalmente el esquema de clases de la mañana. El semáforo vuelve a ponerse en verde, pero su cabeza sigue fija en el examen de recuperación que quiere poner a uno de sus alumnos, uno que suele llegar a clase medio dormido, aunque ella sabe que puede conseguir mucho más si se esfuerza. Por eso, no se ha dado cuenta de que el conductor que tiene detrás ha empezado a impacientarse. Tanto, que hace sonar el claxon repetidas veces, asoma la cabeza por la ventanilla y le grita, tan alto como puede para que ella lo escuche.

– ¡Mujer tenías que ser!

Y es entonces cuando ella, consciente de repente de la frase que acaba de escuchar, gira la cabeza, le mira y, sonriendo, asiente orgullosa.