Tenía que empezar por algún sitio, así que empiezo por aquí

243df6852f5bff0665b75768ab636069El día que tuve claro que lo que más me gustaba hacer en el mundo era escribir, me vine muy arriba. Pronto quise leer las instrucciones y aprender todas las reglas para empezar a contar historias a través de la letra impresa. Y rápido creí que lo estaba haciendo bien, como el maldito ingenuo que era. Recuerdo que, por aquéllas, hace ya casi veinte añitos, escribí un protocuento acerca de un perro que, después de probar las sobras de la comida macrobiótica de su dueña, se humanizaba repentinamente, y poco menos que empezaba a tirarle los trastos a la mano que le daba de comer. Ahí, con dos cojones.

A lo que voy es a que, desde que escribo cosas con una frecuencia más o menos periódica, ya sean relatos, posts en algún blog, artículos, reportajes o lo que surja, he tenido tiempo para dedicarle unas frasecitas a casi todo. Pero no a todo; hay dos personas con las que no he sido capaz de juntar más de cuatro letras con cierto sentido. Y creo que se lo debo. No lo creo, estoy seguro de ello.

Las dos personas a las que nunca he escrito son egoístas y, en ocasiones, hasta un poco tiranas. Capaces de despertarte en mitad de la noche únicamente para que les des un vaso de agua, y de nuevo dormirse sin importarles lo más mínimo lo que te va a costar volver a pegar ojo antes de que suene el despertador. Pueden ser caprichosas y volubles, hasta el punto de negarse a comer la cena que has preparado durante más de una hora, simplemente porque el pollo tiene espinas o las judías verdes están demasiado calientes. Hablan a gritos cuando más te duele la cabeza, y galopan justo en el momento en el que lo único que pide tu cuerpo es calma. A veces huelen mal. A veces te hablan mal. A veces (no, muchas veces) lloran y hacen que te sientas mal. Muy mal. Tan mal que, otras veces, cuando agarran tu mano antes de cruzar la calle, la situación se revierte y te sientes alguien muy afortunado. Porque también a veces te conceden el don de quedarse dormidas a tu lado, regalándote un aroma a sudor de caramelo que se instala en el lugar de tu cerebro donde se aloja lo que te hace vibrar, y nunca más lo abandona. O se ríen a carcajadas, de ti o contigo, qué más da, porque a tus oídos suena como si un coro de sirenas inspiradas te estuviese susurrando tu canción favorita. O te besan. O, como esta mañana, te entregan un dibujo lleno de garabatos de colores y una foto, y escriben Papá, te queremos un millón.

Aitana, Emma, me encantaría poder dedicaros el verso más hermoso, el cuento más dulce o la novela más apasionada que, aunque fuera por un instante, me ayudase a haceros entender lo que significáis para mí. Pero, como decía Jarvis Cocker, Tenía que empezar por algún sitio, así que empiezo por aquí. Gracias por permitirme quereros de la forma en que lo hago, torpe y embarullado la mayoría de las veces, pero sin dejar de hacerlo en cada minuto y a cada latido. Os prometo que me aplicaré para seguir haciéndolo cada día un poquito mejor.

Feliz Día del Padre, chicas.

Un comentario en “Tenía que empezar por algún sitio, así que empiezo por aquí”

  1. Me encanta la historia, la forma de decir de un “padrazo” el cariño que tiene por sus dos ángeles, aunque a veces sean un poco trastos pero, son niñas como tú, Hijo, cuando tenías sus edades. QUE PASES UN FELIZ DÍA. FELICIDADES y ENHORABUENA!!!

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