Madrid

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De mi madre he aprendido que los Austrias, La Latina o Sol tienen un extraño magnetismo costumbrista por la mañana temprano, y que merece la pena zambullirse en él caminando y sin prisa. Paloma se llama, más castizas no las hacen. Mi padre me inyectó de pequeño el virus de la emoción el día que me contó que, cuando era niño, perdió una bota en el río Manzanares, sentado en el puente que separa la ermita de San Antonio de la Florida de la plaza de San Pol. Todavía hoy, si paso por la zona, fantaseo con ver emerger el zapato, como si fuera un viajero del tiempo navegando entre dos siglos.

Hasta que empecé a ir al colegio, mi abuela me llevaba todas las semanas a la plaza de España, y me hacía fotos delante de la estatua de Don Quijote. Todas iguales, todas en blanco y negro, y en todas, yo levantando una mano. Después, me llevaba a comprar la lotería a la Gran Vía, y aunque no recuerdo gran cosa, más que nada porque no tendría más de tres años, hoy creo que aquel era uno de los momentos más dulces de mi, por aquel entonces, corta vida. Mi otra abuela me regalaba historias de los barrios menos glamurosos; me contaba, por ejemplo, cómo, en los años cincuenta, el mero hecho de no saludar a una pareja de la Guardia Civil desde la otra punta de un descampado de Orcasitas, te podía convertir en merecedor de una señora hostia. Por maleducado, debía de ser.

Luego yo he ido creciendo, y conmigo ha crecido el germen de todo ese decorado ideal pintado en mi imaginación a base de historias y vivencias contempladas desde la mirada de un crío. Mis pasos me han llevado con el tiempo a deambular de noche por Malasaña o Lavapiés, y a dormir de día sobre la hierba de El Retiro. Mi corazón ha querido quedarse en Aluche, pero a veces me pica el gusanillo de la infidelidad, y entonces me voy a Callao a respirar polución, neones y claxon, que es lo que me pone. Corro por la Casa de Campo, trabajo en el Barrio de Salamanca y tengo que reconocer que cuando era más joven, mucho más joven, uno de mis principales placeres consistía en sentarme en la Plaza de Oriente a fumarme un cigarro o algo peor y contar el número exacto de ventanas que tenía el Palacio Real.

Con todo esto quiero decir que adoro Madrid, con frío y con calor; cuando nada ocurre o en la época de verbeneo y despendole, como es el caso. Sin más pretensiones. Sin nada más que contar. Que me habrá poseído San Isidro, qué sé yo…

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