La guerra de A y el viajero del tiempo

A tiene diez años y, en su cabeza, un millón de olas de mar que nacen desde el horizonte de la adulta que ya se asoma al balcón de sus ojos azules y rompen en la orilla de la niña que está terminando de ser. Tiene la cara redonda como las lunas de los cuentos infantiles, la nariz llena de pecas y, desde que apenas sabía caminar, mueve en círculos su brazo derecho mientras corre, como si con ello tal vez quisiese arrancar a volar. Quién sabe.

Hasta hace apenas unas semanas, para verla sonreír sólo necesitabas contarle una buena historia o el peor chiste de tu repertorio, y ya la tenías prácticamente ganada. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, cada vez resulta más complicado hacerla feliz, y eso tiene una horrible explicación: dentro de A se ha declarado una guerra.

Por extraño que parezca, a nada que le prestes un poco de atención, puedes escuchar el estruendo de las bombas al caer, que incendian su pequeño mundo y se llevan por delante todo aquello que A creía inamovible. Y luego, de noche, la verás aferrarse al refugio nuclear que ha construido bajo su edredón, aunque no siempre le ayuda a quedarse dormida. De ahí que, en ocasiones, llegue a ser tan insistente para que te quedes a su lado hasta que el sueño desconecte el ruido que retumba a su alrededor.

El hecho de que sea capaz de reconocer con tanta nitidez la trinchera que A ha cavado en su interior no es, ni mucho menos, un ejercicio de clarividencia ni el fruto de una intuición hiperdesarrollada. Nada de eso. Yo todo esto lo sé, sencillamente, porque la guerra de A también fue mi guerra más o menos cuando tenía su edad. Yo también vi mi universo arder y sé de primera mano hasta qué punto puede llegar a joderte parte de tu existencia. Por eso, porque en tiempos de guerra, cualquier aliado puede convertirse en tu salvavidas, es por lo que he decidido sentarme hoy a escribir.

Hoy soy un viajero del tiempo que tiene la misión de entregarle a A un mapa que le ayude a salir de este territorio comanche en el que se ha colado sin darse cuenta. He llegado hasta aquí para contarle que pronto, muy pronto, será capaz de controlar la angustia, y que, antes de que se dé cuenta, la minúscula república de la que es dueña y señora volverá a vivir años de esplendor. Amigos y amores, si es que los unos y los otros no son la misma cosa, entrarán y saldrán de su vida. Y a veces será terrible, pero otras veces será maravilloso. Quiero explicarle que el miedo es un monstruo al que ella misma da de comer, así que ya es hora de ponerle a dieta. Quiero decirle que nunca deje de dar vueltas a su brazo derecho cuando corra, porque, si ella lo cree así, eso le hará volar. Libre. Y, sobre todo, quiero decirle a A que la quiero. Y que, pase lo que pase, siempre estaré en su ejército.

No sé, igual el sentido de la vida tiene algo que ver con todo esto.

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