Nenúfares

Flotando en el pantano, boca abajo y con la camiseta abultada, el cuerpo de su mellizo parecía uno de esos nenúfares que se desplazan lentamente sobre el agua. Mientras, ella, sentada en la orilla, empapada y aún sofocada por el esfuerzo, se había quitado los zapatos y escurría con las dos manos uno de sus calcetines. Podía recordar perfectamente a la señorita Benilda, con ese lenguaje tan enrevesado que utilizaba, explicándoles en clase que las ninfeáceas, a pesar de su belleza, están consideradas especies invasoras en determinados ecosistemas. El problema, ahora, era encontrar la manera de convencer a sus padres para quedarse con la habitación de su hermano.

La guerra de A y el viajero del tiempo

A tiene diez años y, en su cabeza, un millón de olas de mar que nacen desde el horizonte de la adulta que ya se asoma al balcón de sus ojos azules y rompen en la orilla de la niña que está terminando de ser. Tiene la cara redonda como las lunas de los cuentos infantiles, la nariz llena de pecas y, desde que apenas sabía caminar, mueve en círculos su brazo derecho mientras corre, como si con ello tal vez quisiese arrancar a volar. Quién sabe.

Hasta hace apenas unas semanas, para verla sonreír sólo necesitabas contarle una buena historia o el peor chiste de tu repertorio, y ya la tenías prácticamente ganada. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, cada vez resulta más complicado hacerla feliz, y eso tiene una horrible explicación: dentro de A se ha declarado una guerra.

Por extraño que parezca, a nada que le prestes un poco de atención, puedes escuchar el estruendo de las bombas al caer, que incendian su pequeño mundo y se llevan por delante todo aquello que A creía inamovible. Y luego, de noche, la verás aferrarse al refugio nuclear que ha construido bajo su edredón, aunque no siempre le ayuda a quedarse dormida. De ahí que, en ocasiones, llegue a ser tan insistente para que te quedes a su lado hasta que el sueño desconecte el ruido que retumba a su alrededor.

El hecho de que sea capaz de reconocer con tanta nitidez la trinchera que A ha cavado en su interior no es, ni mucho menos, un ejercicio de clarividencia ni el fruto de una intuición hiperdesarrollada. Nada de eso. Yo todo esto lo sé, sencillamente, porque la guerra de A también fue mi guerra más o menos cuando tenía su edad. Yo también vi mi universo arder y sé de primera mano hasta qué punto puede llegar a joderte parte de tu existencia. Por eso, porque en tiempos de guerra, cualquier aliado puede convertirse en tu salvavidas, es por lo que he decidido sentarme hoy a escribir.

Hoy soy un viajero del tiempo que tiene la misión de entregarle a A un mapa que le ayude a salir de este territorio comanche en el que se ha colado sin darse cuenta. He llegado hasta aquí para contarle que pronto, muy pronto, será capaz de controlar la angustia, y que, antes de que se dé cuenta, la minúscula república de la que es dueña y señora volverá a vivir años de esplendor. Amigos y amores, si es que los unos y los otros no son la misma cosa, entrarán y saldrán de su vida. Y a veces será terrible, pero otras veces será maravilloso. Quiero explicarle que el miedo es un monstruo al que ella misma da de comer, así que ya es hora de ponerle a dieta. Quiero decirle que nunca deje de dar vueltas a su brazo derecho cuando corra, porque, si ella lo cree así, eso le hará volar. Libre. Y, sobre todo, quiero decirle a A que la quiero. Y que, pase lo que pase, siempre estaré en su ejército.

No sé, igual el sentido de la vida tiene algo que ver con todo esto.

Soñar

Aquel era nuestro sueño. Otras parejas comparten una canción o una película, pero es que nosotros soñábamos lo mismo casi cada noche. La escena era siempre igual; estábamos en un solar enorme, un descampado infinito, y entonces empezábamos a correr. Trotábamos al principio, como con desconfianza, pero enseguida cogíamos velocidad y corríamos, corríamos rápido. Pero lo hacíamos en sentidos diferentes. Ninguno de los dos quería volver la cabeza para ver hacia dónde corría el otro, y la sensación de libertad era tan intensa que cuando despertábamos por la mañana, lo hacíamos con una sonrisa inconsciente y la respiración entrecortada. Nos besábamos, nos dábamos los buenos días y deseábamos en secreto que llegase de nuevo la noche para volver a soñar.

Aunque ellos no lo sepan

Ahora golpearé la tumba con los nudillos; ya sabes, un golpe intenso y dos suaves. Otro intenso y otros dos suaves. Así, hasta ocho veces. Y, aunque ellos no lo sepan, las lágrimas de los que me acompañan empezarán a sonar como suenan las palmas sordas que marcan un compás.

Abrirán la losa y tú, con tu falda meciéndose en cada uno de los acentos de la rumba que estarás bailando solamente para mí, me darás la bienvenida de nuevo a tu lado. Y, aunque ellos no lo sepan, estaremos celebrando que, por fin, nuestra historia será eterna.

Ojalá no crecieras nunca, cariño mío

Un poco antes de cumplir diez años, mis padres se separaron, y papá y yo nos fuimos de la ciudad, pero hasta entonces vivíamos los tres en un piso pequeño y desordenado del barrio de Santa Virginia, cerca de la carretera de circunvalación. Tan cerca que, aunque la ventana estuviese cerrada, el humo de los coches parecía como si se colase por las ranuras, y el salón entero olía como huelen las gasolineras en verano. Supongo que todo el mundo guarda en la memoria el olor de la casa en la que vivió de niño. Aquella noche del 5 de enero, las carrozas de la cabalgata que habíamos visto un par de horas antes en televisión pasaron todas juntas, en grupo, arrastradas por camiones, por esa misma carretera. Papá me llamó corriendo para que me asomase a verlas, y me dijo que seguramente estaban comenzando su viaje hasta Oriente. Que les llevaría semanas llegar. Yo le pregunté si creía que mamá iba a volver antes de que yo me fuese a la cama, pero él no me contestó. Me preocupaba mucho que los Reyes Magos y ella llegasen a la vez y, al final, me quedase yo sin los regalos.

Muchas veces, mamá decía que tenía que hacer recados y nunca regresaba antes de que yo me acostase. Luego, a la mañana siguiente, se levantaba tarde y con la cara hinchada, y papá y ella no se hablaban durante varios días. Recuerdo que una vez escuché a papá decirle en voz baja que, cuando menos se lo esperase, él y yo nos largaríamos, y que nunca más volvería a vernos el pelo. Ella le respondió que le dolía mucho la cabeza, y que la dejara tranquila, por favor, y él añadió que era una borracha y una madre horrible, y que yo estaba creciendo muy deprisa. Y que pronto me daría cuenta también.

Esa noche de Reyes, papá y yo cenamos salchichas con puré de patata, y de postre comimos un poco de roscón. Luego, vimos en la tele una película de dibujos animados en silencio, y cuando acabó me dijo que ya era hora de acostarse, que me lavase bien los dientes mientras él iba abriendo la cama. ¿Qué tal si le dejamos un recipiente con agua a los camellos? – continuó –. Seguro que cuando paren en casa estarán ya cansadísimos y muertos de sed, ¿no crees? De camino a la cocina, pasé por la entrada y acerqué la cara a la puerta hasta dejar mi oreja derecha completamente pegada. Pensaba que tal vez, si me concentraba mucho, podría escuchar los pasos en el portal, y luego el sonido del ascensor subiendo los cuatro pisos hasta llegar al rellano. Y, una vez allí, lo oiría parar y de nuevo el ruido de los tacones dirigiéndose hacia la puerta de casa, las llaves en la mano, el pasador de la cerradura. Llené un barreño con agua del grifo y lo dejé encima de la mesa del comedor. Papá – pregunté desde el salón – ¿tú crees que los Reyes subirán por las escaleras?

Mamá era una mujer delgada. Ahora me parece absurdo cuando lo pienso, pero siempre creí que de haber utilizado vestidos largos habría estado guapísima, y a lo mejor así hubiese sido más feliz. Sin embargo, la recuerdo siempre con aquellos pantalones vaqueros que tan mal le quedaban, estrechos en la cintura y anchos en los muslos. Un par de semanas antes me preguntó si ya tenía claro lo que quería ser de mayor. Aquel día estaba contenta. No lo sé, mamá – le dije –. De momento, creo que no tengo muchas ganas de crecer. Me gusta ser un niño. ¿Has escuchado eso? – le preguntó entonces ella a papá – ¿Has oído lo que ha dicho? ¿Acaso no es un crío adorable? Y se volvió de nuevo hacia mí. Ojalá no crecieras nunca, cariño mío. Ojalá fueses siempre mi pequeño.

Aunque era un poco más tarde que el resto de los días, papá me dejó leer un rato antes de apagar la lámpara de la mesilla. Sólo me quedaban cuatro o cinco páginas para acabar un tebeo increíble, pero estaba demasiado nervioso como para prestarle a la historia la atención que merecía. Así que lo dejé en el suelo, me tumbé boca arriba y cerré los ojos para repasar mentalmente lo que había escrito en mi carta. Alguien dijo en el colegio que si eres capaz de imaginar con mucho detalle los regalos que has pedido a los Reyes, casi como si los pudieses ver, tenías muchas más posibilidades de que te los trajesen. Así que empecé a pensar con todas mis fuerzas hasta que me quedé dormido.

A mí me parecía muy mayor, pero mamá sólo tenía cuarenta años en aquel momento y un trabajo de limpiadora en un hotel del centro. Ahora sé que ya hacía mucho tiempo que se había rendido.

Todavía era de noche cuando abrí los ojos. Por las rendijas de la persiana entraba la luz amarillenta de las farolas, proyectándose en las paredes de mi cuarto. Me despertó el crujido de un papel doblándose y enseguida me di cuenta de que había alguien en el salón, así que no pude evitar levantarme de la cama. Caminé muy despacio por el pasillo, intentando que mis pies descalzos no hiciesen ningún ruido al contacto con el suelo. Temblando de frío y de excitación llegué hasta la puerta del comedor, y asomándome asustado la vi, sentada en el sofá, envolviendo torpemente una caja cuadrada con un papel de regalo arrugado de tanto intentarlo. En el suelo, cerca de ella, había cuatro regalos más, pero esos estaban bien envueltos.

Llevaba aún el abrigo abrochado y el bolso seguía colgando de su hombro. No pudo terminar de hacerlo; dejó el paquete sobre la mesa y se llevó las manos a la cara. Ojalá no crecieras nunca, me había dicho. Y, en eso, también se equivocaba.

El día que aprendimos a montar en bicicleta

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Ayer, domingo, 28 de abril, a eso de las seis de la tarde, mi hija Aitana mantuvo el equilibrio encima de una bicicleta por primera vez en su vida. Lo ha conseguido con siete años. No se puede decir que sea una edad temprana, aunque yo, por ejemplo, no lo logré hasta bien entrado en los ocho, así que ya puede presumir de que en eso, como en muchas otras cosas, me saca bastante ventaja.

Llevábamos un montón de tiempo intentando quitarle los ruedines traseros de la bicicleta y no había forma de convencerla; una bici rosa que le compramos cuando tenía cuatro o cinco años, y que ahora resulta un poco anacrónica, principalmente porque le queda bastante pequeña. La excusa era siempre la misma. Aitana aseguraba que, a diferencia de los demás críos, ella era incapaz de dar dos pedaladas sin caerse. Lo que en su discurso, imperfecto y adorable (lo siento, estamos hablando de mi hija. No puedo ser objetivo), la erigía como una auténtica desequililbrada (físicamente hablando, por supuesto) no era otra cosa que miedo. El mismo miedo que todo el mundo experimenta ante la incertidumbre entre mantener la verticalidad o caer. Salir indemne o sufrir dolor. Ganar o perder, en definitiva.

Sin embargo, ayer, Aitana ganó. Y ganó simplemente porque hizo algo muy sencillo y, en ocasiones, muy complicado a la vez. Ayer, mi hija tomó una decisión. La decisión de perderle el miedo a sus propios prejuicios y hacer lo que quizá en otras ocasiones no hubiera hecho: empujar el pedal con un pie para luego repetir la misma operación con el otro. Tragar saliva y arrojarse a su abismo particular no fue más que el pequeño precio que tuvo que pagar para que las cosas cambiasen. ¡Y vaya si cambiaron! No lo he hablado con ella en estos términos exactamente, pero estoy seguro de que hoy Aitana es más feliz.

Luego está lo que ocurrió después con las elecciones, pero eso es otra historia diferente. O quizá no tanto.

Castigo de Dios

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– «Los primeros en morir deberían ser los descreídos. Esos que han presumido tanto de ser ateos. Esos», exclamó lleno de ira.

– «¿Por qué piensa eso, padre?», preguntó ella.

– «Pues por pura justicia poética», contestó. «Quisiera verles ahora, rezando como beatas para que el meteorito no vuele por los aires el planeta. A buenas horas rezáis. ¡Vosotros seréis los primeros en arder!»

– «Pero, padre, ¿todavía cree usted que esto es un castigo de Dios?»

Padre e hija, sentados en el mirador, esperando el inminente estallido, quedaron en silencio un instante. Luego, ella volvió a hablar.

– «Padre, ¿usted no tiene miedo?»

– «Mucho, hija». Y rompió a llorar justo antes de que todo se llenara de luz.

El instante

Vivo en un país en el que en los bares se discute, orujito en mano, si es económicamente viable acoger a 629 personas abandonadas a su suerte en el Mediterráneo, porque, además, defender la acogida no es más que un acto de postureo, de solidaridad coolNos consta, decía hoy una pulcra abogada en una emisora de radio, que las mafias de la trata de blancas ya están esperando a algunas de las pasajeras en Europa. El mensaje era urgente: que no entren, que se nos va a llenar esto de putas. Y encima, negras.

Es el mismo país que condena a penas de cárcel a artistas por el simple hecho de expresar sus opiniones. El mismo que ha permitido que un partido político podrido de codicia haya estado sacando la lengua a la gente, mientras les estafaba delante de sus caras. Un país con un sistema judicial capaz de dejar en la calle a cinco violadores porque, después de todo, la gente ya les tiene fichado el careto y es muy difícil que se les vuelva a escapar la chorrilla. A los muy traviesos.

Es el país de la televisión pública propagandística; el que mantiene reyes, infantas, príncipes, princesas y demás parentela con dinero público y sueldos… pues eso, de reyes; el que rescata bancos y autopistas privadas mientras desahucia gente de sus casas. Gente sin casas, casas sin gente. El país de Franco, cuarenta años después de Franco.

Sin embargo, hoy, en mi país, en mi ciudad, he sido testigo en primera persona de esto:

Ellos son Johann y Adrián. Dos chavales con discapacidad intelectual que forman parte de un coro gestionado por la Joven Orquesta de la Comunidad de Madrid, el Coro Abierto, interpretando «Hallelujah», de Leonard Cohen. Están ensayando para un concierto que ofrecerán la semana que viene, junto con otros diez coros de gente sin discapacidad ninguna y con una orquesta de setenta músicos, donde toda la recaudación irá a parar a tratamientos de Atención Temprana para críos de entre 0 y 6 años, también con discapacidad intelectual y, además, de familias con pocos recursos económicos.

No es que el concierto sea lo de menos, pero yo me quedo con el instante, plasmado en un vídeo de mala calidad grabado con un teléfono móvil. Tres minutos para mirar con los ojos abiertos, mezcla de sorpresa, incredulidad y esperanza de que en este país, en el que en tantas ocasiones ocurren cosas asquerosas, también se puedan producir momentos deliciosos.

Madrid

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De mi madre he aprendido que los Austrias, La Latina o Sol tienen un extraño magnetismo costumbrista por la mañana temprano, y que merece la pena zambullirse en él caminando y sin prisa. Paloma se llama, más castizas no las hacen. Mi padre me inyectó de pequeño el virus de la emoción el día que me contó que, cuando era niño, perdió una bota en el río Manzanares, sentado en el puente que separa la ermita de San Antonio de la Florida de la plaza de San Pol. Todavía hoy, si paso por la zona, fantaseo con ver emerger el zapato, como si fuera un viajero del tiempo navegando entre dos siglos.

Hasta que empecé a ir al colegio, mi abuela me llevaba todas las semanas a la plaza de España, y me hacía fotos delante de la estatua de Don Quijote. Todas iguales, todas en blanco y negro, y en todas, yo levantando una mano. Después, me llevaba a comprar la lotería a la Gran Vía, y aunque no recuerdo gran cosa, más que nada porque no tendría más de tres años, hoy creo que aquel era uno de los momentos más dulces de mi, por aquel entonces, corta vida. Mi otra abuela me regalaba historias de los barrios menos glamurosos; me contaba, por ejemplo, cómo, en los años cincuenta, el mero hecho de no saludar a una pareja de la Guardia Civil desde la otra punta de un descampado de Orcasitas, te podía convertir en merecedor de una señora hostia. Por maleducado, debía de ser.

Luego yo he ido creciendo, y conmigo ha crecido el germen de todo ese decorado ideal pintado en mi imaginación a base de historias y vivencias contempladas desde la mirada de un crío. Mis pasos me han llevado con el tiempo a deambular de noche por Malasaña o Lavapiés, y a dormir de día sobre la hierba de El Retiro. Mi corazón ha querido quedarse en Aluche, pero a veces me pica el gusanillo de la infidelidad, y entonces me voy a Callao a respirar polución, neones y claxon, que es lo que me pone. Corro por la Casa de Campo, trabajo en el Barrio de Salamanca y tengo que reconocer que cuando era más joven, mucho más joven, uno de mis principales placeres consistía en sentarme en la Plaza de Oriente a fumarme un cigarro o algo peor y contar el número exacto de ventanas que tenía el Palacio Real.

Con todo esto quiero decir que adoro Madrid, con frío y con calor; cuando nada ocurre o en la época de verbeneo y despendole, como es el caso. Sin más pretensiones. Sin nada más que contar. Que me habrá poseído San Isidro, qué sé yo…

De puntillas

Deberías ver las rozaduras de mis talones después de tanto tiempo caminando de puntillas. Sí, ya sé que es ridículo, pero la vida no está hecha para ser un hombre y medir menos de un metro treinta. Créeme, es complicado caminar por la calle con la cabeza a la altura de la polla de los otros tíos, y pretender que tu amor propio permanezca intacto. Me he pasado la vida andando de puntillas, como si eso me alargase, o mejor aún, me convirtiese en invisible, pero hoy he decidido que ya está bien, que se acabó porque, de seguir haciéndolo, nunca podría haberte citado aquí para preguntarte, con los pies bien anclados al suelo, si quieres casarte conmigo.