Desfile de la victoria

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Trabajo en el Barrio de Salamanca, pegado a una tienda de ropa en la que venden batas de andar por casa de caballero a 400 euros. Para quien no lo conozca, el Barrio de Salamanca tiene el apodo de “La Milla de Oro de Madrid”. Con eso, ya podéis haceros una idea. Mi horario comienza por la mañana y nunca termina antes de las 7 de la tarde. Eso, de lunes a jueves, porque los viernes, además de permitirnos aplicar a nuestra indumentaria el código bussiness casual (oh, yeah), acabamos la jornada a las 3.

El lunes, el martes, el miércoles y el jueves, a las 7, me monto en la scooter que tengo aparcada en la puerta de la oficina, cruzo la Castellana, llego a Alonso Martínez, de ahí a San Bernardo, Conde Duque, Princesa, Ferraz… Y así hasta Aluche, que es donde vivo. Te aseguro que aquí no encuentras batas a 400 pavos. De lunes a jueves. Pero los viernes, no. Los viernes, cuando dan las 3, conduzco en la dirección contraria. Paso rozando El Retiro, bordeo la Puerta de Alcalá y, después de dejar atrás La Cibeles, me encuentro con ella. Con la Gran Vía.

Hoy es viernes, y como manda la tradición, he vuelto a ser infiel a mi ruta automatizada, y me he zampado una ración absolutamente voluntaria de gente con bolsas, de coches, de edificios bonitos. De asfalto y de cielo. De Madrid, después de todo.

En todo este tiempo que llevo perdiéndome por la Gran Vía los viernes a las 3 camino de casa nunca me había dado por pensarlo. Pero hoy, mientras atravesaba la perpendicular a Hortaleza y me tapaba la sombra de Su Majestad, el edificio de Telefónica, he reducido la velocidad y me he sentido dentro de un Desfile de la Victoria privado. Como esas imágenes de las tropas aliadas marcando paquete en formación por los Campos Elíseos. En el horizonte, Callao, y más abajo, la Plaza de España. Y a mis espaldas, cinco días de curro que bien merecen un fin de semana.

Hasta el próximo viernes, querida.

Feliz cumpleaños, espejo

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Son casi las once y veintiocho minutos de la noche. En poco más de media hora cumpliré 43 años. Joder.

En los últimos diez años me han pasado más cosas que en los treinta y tres anteriores. Le he visto la cara a mil demonios, y después he tenido dos hijas. Lo mejor que tendré nunca, de eso estoy seguro. He dejado atrás a un tío que creía que era yo, y resulta que no, que no lo era. Me he convertido en el hippy que aprendió a hacerse el nudo de la corbata. Y, después de todo, creo que no me va tan mal.

Prometo no escribir gilipolleces. Nada de cuando era un niño, las personas de más de  cuarenta ya eran señores mayores. Nada de memorabilia ochentera. Y, por supuesto, nada de nostalgia. Si algo me están dando los años a medida que suben al marcador es, además de un sentido bastante práctico de las cosas, una exquisita mala hostia que me hace pensar que voy camino de convertirme en un viejo encantador. Por esa razón, mezcla de pragmatismo y cabreo vital, a falta de treinta minutos de dejar de hacer pie en la orillita de la mediana edad, he decidido regalarme un blog. Sin pretensiones. Sólo quiero escribir.

¿Hay alguien ahí?